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India choque de culturas

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No somos sino peregrinos que, yendo por caminos distintos, trabajosamente se dirigen al encuentro de los unos con los otros.

 

Pronto la idea de que India es un país pacífico y místico se esfuma al enfrentarte a la agresión de olores, ruidos y suciedad que esta república de 1.100 millones de almas desprende. El aparente caos en el que viven sus ciudadanos, con la colaboración de burros, vacas sagradas, monos, cerdos y demás fauna pseudo-doméstica que campa sin orden ni concierto, enfatiza sin duda esa sensación de haber caído en un planeta extraterrestre. El choque cultural es muy fuerte, y uno no acaba de sentirse parte de la fiesta en ningún momento. En la India sientes como si  tú solo estuvieras luchando contra los mil millones de indios, a los que percibes oponiéndose a ti de una forma silenciosa.

No sorprende el que el imperio británico tuviera que ceder la independencia a India ante la revuelta pacífica de Gandhi. Es como si estuvieras  viendo una película en la que sólo participas cuando uno de los actores, con esa mezcla de timidez e indiscreción que atesoran los indios, se te acerca para interrogarte sin preámbulos sobre tu vida privada.

Referirse a India como un todo indivisible sin posibilidad de matices es desde luego impreciso, aunque lo cierto es que al menos Rajastán hace justicia a todos los tópicos existentes. El sincretismo de India incluye desde hindúes a musulmanes pasando por judíos, budistas, sijs y jainistas. Es un crisol de religiones, y también de accidentes geográficos: el desierto del Thar, el Himalaya, un litoral de 5.500 kms de largo y un río tan místico como el Ganges…

Es curioso como esa multiculturalidad convive con un rígido sentimiento tradicional, las ideas y costumbres de inmigrantes e invasores no acaban de calar, como la lluvia que resbala sobre una superficie impermeable.

Una de las cosas que más nos llamaban la atención de India era la posibilidad de imbuirnos de su ferviente misticismo. Más que esa pretendida sincera y ardorosa religiosidad encontramos una devoción un tanto folklórica.

Los hindúes creen que todos los seres vivos estamos condenados a un infinita existencia de reencarnaciones, y eso se percibe en su paciente autocomplacencia, como el que sufre su pena con estoicismo esperando que quizás en la próxima vida habrá más suerte.

 




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